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Siempre me ha llamado la atención esa fascinación colectiva que nos provocan las andanzas de los ricos y famosos. Basta con mirar la programación de cualquier canal generalista para encontrar sofisticados programas con lujosos reportajes en los que se muestran abiertamente los avatares de una casta que, de otra manera, sería inalcanzable para la mayoría de nosotros. Y eso sin contar con los bochornosos debates en los que un grupo de expertos periodistas ponen bajo el microscopio esas vidas y las diseccionan públicamente.

 

¿Por qué nos sentimos atraídos por estas cosas? ¿Por qué, cuando cada mes cierran varias revistas en papel, las del corazón siguen al pie del cañón? ¿Por qué los culebrones, diseñados para enganchar, se suelen centrar en la vida de familias millonarias? Sospecho que detrás de todo esto existe una cierta envidia de clase: es posible que nosotros, simples mortales, jamás disfrutemos de vuestros privilegios. Pero nos reconforta saber que, en el fondo, sois tan miserables como nosotros. Que sufrís y sangráis como nosotros y que, por mucho dinero y poder que tengáis, por muy sofisticados que seáis, hay cosas como el amor y la felicidad que nunca vais a poder comprar.

 

Algo, o mucho, de esto hay en Buenos Días, Tristeza, la obra de Françoise Sagan que en 1954 sorprendió a propios y extraños por su frescura y su tratamiento del final de la juventud. Una de las razones por las que la escritora francesa supo capturar de aquella manera la indolencia de esa juventud privilegiada tal vez fuese su propia edad, puesto que apenas contaba con 18 años cuando escribió la novela.

 

La precocidad de la autora, junto con la escabrosa temática de su obra suscitaron tal gran polémica en su lanzamiento que la novela no tardó en llamar la atención de Otto Preminger, que cuatro años más tarde lanzó la versión cinematográfica que alcanzaría la fama internacional. Jean Seberg cautivó a medio mundo con su interpretación de Cécile, la adolescente frívola, egoísta, despreocupada y seductora cuya vida iba a dar un vuelco durante sus vacaciones en la Riviera.

 

Casi 70 años después de la publicación de la novela de Françoise Sagan, y otro buen puñado de años desde el estreno de la película, el artista francés Frédéric Rébéna se encarga de recuperar toda la magia del relato y plasmarlo en las páginas del cómic que hoy tenemos entre manos. Rébéna elimina todo lo accesorio y en una suerte de narración por sustracción condensa en apenas cien páginas y cinco personajes toda la fuerza de la historia original.

 

Ya en la primera página se nos presenta a Cécile en su hábitat natural: ociosa sobre una tumbona en una villa apartada frente al mar. Distante, aburrida, magnífica en su indolencia… desperdiciando las horas, copa sobre la mesa y cigarrillo en la mano, por la sola razón de que puede permitirse hacerlo. Pronto conoceremos a su padre, frívolo, superficial y mujeriego, dispuesto a saltar de una amante a la siguiente tan pronto como su aburrimiento supere a su nivel de lujuria. Ahora está con Elsa, mucho más joven, bella, mundana y aparentemente inofensiva, poseedora de un cuerpo escultural en su cénit sexual… que conoce de antemano su futuro en una relación de usar y tirar pero se niega a resignarse a él.

 

Todo cambia con la llegada de Anne: lejos de su mejor momento, madura, elegante, firme y dominante… como un huracán entrará en la vida de Cécile poniendo en peligro el delicado equilibrio disfuncional entre ella y su padre. Como se dice en ocasiones, lo que pasa a partir de aquí les sorprenderá. O tal vez no lo haga. Pero en cualquier caso supondrá un viaje inolvidable hacia la devastación interior de los personajes que podremos vivir en primera fila a través de sus páginas. Porque los ricos, al final del camino, no son tan diferentes a nosotros.

 

El dibujo, a cargo del propio Rébéna, consigue con relativamente pocos trazos alcanzar unas altas cotas de expresividad, especialmente gracias al trabajo realizado en los rostros. Logra, a través de una estética de contrastes que se acerca por momentos al arte pop, que sintamos el calor del verano en la costa, o la elegancia de una exclusiva noche en el casino. Me gustaría destacar, además,  el uso del trazo, de su grosor, como medida de la intensidad de la acción. Sin duda, todo un acierto.

 

La edición, como Planeta Cómic ya nos tiene acostumbrados dentro de su serie de adaptaciones literarias, se presenta en un cuidado volumen en tapa dura con papel de alto gramaje que permite mostrar en todo su esplendor el trazo y el color de Rébéna. Como único extra a la adaptación literaria, se incluye un interesante prólogo del conocido escritor Frédéric Beigbeder.




 

 

Reseña: Buenos días, tristeza (Frédéric Rébéna)

 

Siempre me ha llamado la atención esa fascinación colectiva que nos provocan las andanzas de los ricos y famosos. Basta con mirar la programación de cualquier canal generalista para encontrar sofisticados programas con lujosos reportajes en los que se muestran abiertamente los avatares de una casta que, de otra manera, sería inalcanzable para la mayoría de nosotros. Y eso sin contar con los bochornosos debates en los que un grupo de expertos periodistas ponen bajo el microscopio esas vidas y las diseccionan públicamente.

 

¿Por qué nos sentimos atraídos por estas cosas? ¿Por qué, cuando cada mes cierran varias revistas en papel, las del corazón siguen al pie del cañón? ¿Por qué los culebrones, diseñados para enganchar, se suelen centrar en la vida de familias millonarias? Sospecho que detrás de todo esto existe una cierta envidia de clase: es posible que nosotros, simples mortales, jamás disfrutemos de vuestros privilegios. Pero nos reconforta saber que, en el fondo, sois tan miserables como nosotros. Que sufrís y sangráis como nosotros y que, por mucho dinero y poder que tengáis, por muy sofisticados que seáis, hay cosas como el amor y la felicidad que nunca vais a poder comprar.

 

Algo, o mucho, de esto hay en Buenos Días, Tristeza, la obra de Françoise Sagan que en 1954 sorprendió a propios y extraños por su frescura y su tratamiento del final de la juventud. Una de las razones por las que la escritora francesa supo capturar de aquella manera la indolencia de esa juventud privilegiada tal vez fuese su propia edad, puesto que apenas contaba con 18 años cuando escribió la novela.

 

La precocidad de la autora, junto con la escabrosa temática de su obra suscitaron tal gran polémica en su lanzamiento que la novela no tardó en llamar la atención de Otto Preminger, que cuatro años más tarde lanzó la versión cinematográfica que alcanzaría la fama internacional. Jean Seberg cautivó a medio mundo con su interpretación de Cécile, la adolescente frívola, egoísta, despreocupada y seductora cuya vida iba a dar un vuelco durante sus vacaciones en la Riviera.

 

Casi 70 años después de la publicación de la novela de Françoise Sagan, y otro buen puñado de años desde el estreno de la película, el artista francés Frédéric Rébéna se encarga de recuperar toda la magia del relato y plasmarlo en las páginas del cómic que hoy tenemos entre manos. Rébéna elimina todo lo accesorio y en una suerte de narración por sustracción condensa en apenas cien páginas y cinco personajes toda la fuerza de la historia original.

 

Ya en la primera página se nos presenta a Cécile en su hábitat natural: ociosa sobre una tumbona en una villa apartada frente al mar. Distante, aburrida, magnífica en su indolencia… desperdiciando las horas, copa sobre la mesa y cigarrillo en la mano, por la sola razón de que puede permitirse hacerlo. Pronto conoceremos a su padre, frívolo, superficial y mujeriego, dispuesto a saltar de una amante a la siguiente tan pronto como su aburrimiento supere a su nivel de lujuria. Ahora está con Elsa, mucho más joven, bella, mundana y aparentemente inofensiva, poseedora de un cuerpo escultural en su cénit sexual… que conoce de antemano su futuro en una relación de usar y tirar pero se niega a resignarse a él.

 

Todo cambia con la llegada de Anne: lejos de su mejor momento, madura, elegante, firme y dominante… como un huracán entrará en la vida de Cécile poniendo en peligro el delicado equilibrio disfuncional entre ella y su padre. Como se dice en ocasiones, lo que pasa a partir de aquí les sorprenderá. O tal vez no lo haga. Pero en cualquier caso supondrá un viaje inolvidable hacia la devastación interior de los personajes que podremos vivir en primera fila a través de sus páginas. Porque los ricos, al final del camino, no son tan diferentes a nosotros.

 

El dibujo, a cargo del propio Rébéna, consigue con relativamente pocos trazos alcanzar unas altas cotas de expresividad, especialmente gracias al trabajo realizado en los rostros. Logra, a través de una estética de contrastes que se acerca por momentos al arte pop, que sintamos el calor del verano en la costa, o la elegancia de una exclusiva noche en el casino. Me gustaría destacar, además,  el uso del trazo, de su grosor, como medida de la intensidad de la acción. Sin duda, todo un acierto.

 

La edición, como Planeta Cómic ya nos tiene acostumbrados dentro de su serie de adaptaciones literarias, se presenta en un cuidado volumen en tapa dura con papel de alto gramaje que permite mostrar en todo su esplendor el trazo y el color de Rébéna. Como único extra a la adaptación literaria, se incluye un interesante prólogo del conocido escritor Frédéric Beigbeder.




 

 

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