Taiyô Matsumoto sabe retratar, o más bien desdibujar, la fina línea que separa la realidad de la fantasía: en esa frontera borrosa situaba una de sus mejores obras, a gusto de servidor, Go Go Monster, y en ella sigue (aunque algo más atenuada) en el manga que nos ocupa hoy, Los gatos del Louvre. En esa separación entre la realidad y el deseo, Matsumoto sabe orquestar a su alrededor una serie de personajes que siempre viven desubicados, precisamente porque no pertenecen al mundo cotidiano ni son capaces de habitar de forma permanente en el mundo irreal. Son personajes situados en un más allá, pero anclados a la cotidianeidad que nos envuelve. Una disrupción que hace aflorar la imaginación más desbordante y en la que solo un genio es capaz de sentirse como pez en el agua: y precisamente ahí es donde mejor sabe moverse Matsumoto.

Matsumoto es, para aclarar las cosas, un creador maravilloso, más preciso a la hora de recrear ambientes que personajes: y ello es así porque su eje central no está en la panoplia de personajes que habitan, por volver a él, Go Go Monster o Los gatos del Louvre; antes bien, Matsumoto centra su interés en retratar ese mundo que se nos va, que nunca está en un mismo sitio, sino que crece y se proyecta en el interior de sus personajes. Por ello, su objetivo es que logremos habitar ese mundo fantasma: y, sin duda, el Louvre es un edificio inconmensurable a la hora de hablar de mundos imaginarios que están, a su vez, anclados a un tiempo y un espacio muy concretos y reales. La aparente sencillez con la que la idea central de Los gatos.. se va desarrollando, es decir, la (in)capacidad de crear/narrar/habitar esos mundos ficticios tras los cuadros (o tras cualquier obra de la imaginación) es de una exquisitez difícilmente alcanzable.

Los gatos del Louvre presenta dos líneas argumentales que se centran en dos grupos de personajes: por un lado, Cécile es una guía del Louvre que, junto al joven Patrick y al anciano Marcel, los encargados de realizar las rondas nocturnos en el museo, van a tratar de localizar a la hermana desaparecida de éste último. La curiosidad radica en que, según Marcel, su hermana está atrapada en uno de los cuadros del Louvre. Por otro lado, los protagonistas que dan título a la obra, los gatos, viven escondidos en el museo y cuidados, únicamente, por Cécile, Patrick y Marcel: nuestros felinos protagonistas deberán mantener su existencia en secreto. Pero, desafortunadamente, uno de ellos, tiene tendencia a recorrer los amplios salones del museo, expuesto al peligro de ser localizado: además, es capaz de cruzar al otro lado de los cuadros y habitar en ellos. Sin duda, la cooperación entre estos dos grupos de personajes, incapaces de establecer comunicación alguna, será clave para poder localizar a la hermana de Marcel.

Matsumoto, con un estilo muy característico de dibujo, es capaz de imprimir al Louvre una personalidad nueva: alejado del realismo y más enfocado en representar estados emocionales, el mangaka consigue suspender al celebérrimo museo en un estado de duermevela permanente. A ello contribuye que gran parte de la historia se desarrolle en la noche, en ese momento en el que el museo se vacía y se puede respirar ese ambiente casi irreal en el que las obras, que durante el dia han sido asediadas por las hordas de visitantes, ahora se yerguen desafiando al sueño y el silencio, en un diálogo mudo pero lleno de mensajes.

Taiyô, además, toma una decisión muy inteligente: desde la perspectiva de los humanos, vemos a los gatos tal y como se ven en nuestro día a día, pero una vez nos sumergimos en la magia del Louvre, somos capaces de verlos antropomorfizados, es decir, con actitudes y ropajes humanos. Esta doble visión ahonda en ese estado irreal de los sueños, en esa ruptura de la frontera entre la realidad y la fantasía.

Sin duda, la excelente edición de ECC Ediciones, con tapa dura y a todo color, ayuda sobremanera a disfrutar de esta enorme obra: Los gatos del Louvre se lee y se disfruta mucho más gracias a haber apostado por este tipo de edición que, ciertamente, encarece el precio pero embellece aún más el producto.


Os recomiendo encarecidamente que os dejéis llevar por los pasillos del Louvre en un recorrido que os llevará a visitar mundos imaginarios solo al alcance de Matusmoto y su inconmensurable imaginación. Paseando de la mano de estos felinos protagonistas, podréis disfrutar de un viaje en el que realidad y ficción se confunden para crear un nuevo Louvre: uno al que sólo Taiyô tiene las llaves para acceder. Creedme, no so va a defraudar.


Reseña: Los gatos del Louvre, Vol.1 (Taiyô Matsumoto)


Taiyô Matsumoto sabe retratar, o más bien desdibujar, la fina línea que separa la realidad de la fantasía: en esa frontera borrosa situaba una de sus mejores obras, a gusto de servidor, Go Go Monster, y en ella sigue (aunque algo más atenuada) en el manga que nos ocupa hoy, Los gatos del Louvre. En esa separación entre la realidad y el deseo, Matsumoto sabe orquestar a su alrededor una serie de personajes que siempre viven desubicados, precisamente porque no pertenecen al mundo cotidiano ni son capaces de habitar de forma permanente en el mundo irreal. Son personajes situados en un más allá, pero anclados a la cotidianeidad que nos envuelve. Una disrupción que hace aflorar la imaginación más desbordante y en la que solo un genio es capaz de sentirse como pez en el agua: y precisamente ahí es donde mejor sabe moverse Matsumoto.

Matsumoto es, para aclarar las cosas, un creador maravilloso, más preciso a la hora de recrear ambientes que personajes: y ello es así porque su eje central no está en la panoplia de personajes que habitan, por volver a él, Go Go Monster o Los gatos del Louvre; antes bien, Matsumoto centra su interés en retratar ese mundo que se nos va, que nunca está en un mismo sitio, sino que crece y se proyecta en el interior de sus personajes. Por ello, su objetivo es que logremos habitar ese mundo fantasma: y, sin duda, el Louvre es un edificio inconmensurable a la hora de hablar de mundos imaginarios que están, a su vez, anclados a un tiempo y un espacio muy concretos y reales. La aparente sencillez con la que la idea central de Los gatos.. se va desarrollando, es decir, la (in)capacidad de crear/narrar/habitar esos mundos ficticios tras los cuadros (o tras cualquier obra de la imaginación) es de una exquisitez difícilmente alcanzable.

Los gatos del Louvre presenta dos líneas argumentales que se centran en dos grupos de personajes: por un lado, Cécile es una guía del Louvre que, junto al joven Patrick y al anciano Marcel, los encargados de realizar las rondas nocturnos en el museo, van a tratar de localizar a la hermana desaparecida de éste último. La curiosidad radica en que, según Marcel, su hermana está atrapada en uno de los cuadros del Louvre. Por otro lado, los protagonistas que dan título a la obra, los gatos, viven escondidos en el museo y cuidados, únicamente, por Cécile, Patrick y Marcel: nuestros felinos protagonistas deberán mantener su existencia en secreto. Pero, desafortunadamente, uno de ellos, tiene tendencia a recorrer los amplios salones del museo, expuesto al peligro de ser localizado: además, es capaz de cruzar al otro lado de los cuadros y habitar en ellos. Sin duda, la cooperación entre estos dos grupos de personajes, incapaces de establecer comunicación alguna, será clave para poder localizar a la hermana de Marcel.

Matsumoto, con un estilo muy característico de dibujo, es capaz de imprimir al Louvre una personalidad nueva: alejado del realismo y más enfocado en representar estados emocionales, el mangaka consigue suspender al celebérrimo museo en un estado de duermevela permanente. A ello contribuye que gran parte de la historia se desarrolle en la noche, en ese momento en el que el museo se vacía y se puede respirar ese ambiente casi irreal en el que las obras, que durante el dia han sido asediadas por las hordas de visitantes, ahora se yerguen desafiando al sueño y el silencio, en un diálogo mudo pero lleno de mensajes.

Taiyô, además, toma una decisión muy inteligente: desde la perspectiva de los humanos, vemos a los gatos tal y como se ven en nuestro día a día, pero una vez nos sumergimos en la magia del Louvre, somos capaces de verlos antropomorfizados, es decir, con actitudes y ropajes humanos. Esta doble visión ahonda en ese estado irreal de los sueños, en esa ruptura de la frontera entre la realidad y la fantasía.

Sin duda, la excelente edición de ECC Ediciones, con tapa dura y a todo color, ayuda sobremanera a disfrutar de esta enorme obra: Los gatos del Louvre se lee y se disfruta mucho más gracias a haber apostado por este tipo de edición que, ciertamente, encarece el precio pero embellece aún más el producto.


Os recomiendo encarecidamente que os dejéis llevar por los pasillos del Louvre en un recorrido que os llevará a visitar mundos imaginarios solo al alcance de Matusmoto y su inconmensurable imaginación. Paseando de la mano de estos felinos protagonistas, podréis disfrutar de un viaje en el que realidad y ficción se confunden para crear un nuevo Louvre: uno al que sólo Taiyô tiene las llaves para acceder. Creedme, no so va a defraudar.


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