Cuando la vida cambia drásticamente, cuando las reglas de convivencia se rompen, cuando la sociedad desaparece y la certeza de la supervivencia tiende a 0, solo hay dos sentimientos que afloran en cualquier forma de vida: la desesperación o la esperanza. El ser humano, que antes de persona es animal, no escapa a esta regla. Lamentablemente las personas son solo lo buenas que el mundo les deja ser y la inmensa mayoría ante la ausencia de orden deja que su instinto de supervivencia sea quien dirija todas sus acciones, primando la violencia antes que el raciocinio, dejándose seducir por el salvajismo, reuniéndose formando manadas, cual animales, con la única ambición de sobrevivir un día más. Al otro lado de la balanza, y lamentablemente en un porcentaje más reducido, se encuentran las personas que no pierden la esperanza, que dan un paso adelante para intentar mejorar las cosas o que simplemente quieren vivir sin molestar ni ser molestados.

Esto es lo que nos vamos a encontrar en Juan Buscamares, un planeta destruido, baldío, donde el agua de los océanos se ha evaporado y con ella toda la vida que nuestro pequeño planeta azul albergaba. La humanidad, lo que queda de ella, se encuentra dispersa por este enorme yermo. Los humanos que han sobrevivido a este holocausto se dividen entre los que se han militarizado y se centran en saquear y matar a cualquiera que se cruzan y los que solo intentan sobrevivir al cruel infierno que se les presenta con cada amanecer, agrupados en pequeñas comunas donde suele imperar el sectarismo religioso y una nueva fe en un salvador que devuelva el agua a la tierra. Y en medio de todo esta Juan, un nómada sin pasado, que apareció sin más en este eterno desierto y que lo surca montado en su estrambótico y destartalado camión mientras se dirige a ninguna parte. Solo una preocupación, solo una sencilla tarea: sobrevivir 24 horas, cumplido ese objetivo, volver a empezar. Como única compañía las alucinaciones que lo atormentan, inconexas y extrañas al principio, clarificadoras y maravillosas al final. Ajeno a lo que le tiene preparado el destino continúa con su interminable marcha.

Durante los 4 capítulos que se compone la obra, con el nombre de los elementos primordiales de la antigüedad (Agua, Aire, Tierra y Fuego), recorreremos el extenso mar de arena en que se ha convertido la tierra acompañando a Juan en su viaje. Intentando no ser presa de los distintos grupos paramilitares, capaces de todo contar de conseguir unas gotas del preciado líquido, o lidiar con fanáticos religiosos que verán en él un mesías. Su camino se cruzará con otros curiosos compañeros de viaje como Aleluya, una joven a la cual su propia familia prostituye a cambio de agua y que Juan ve como un ángel caído del cielo o al ciego Antena capaz de ver las ondas de radio y rodeado de unos mutantes que solo quieren sobrevivir para ver un nuevo día. Como veremos toda la obra está llena de multitud de referencias al mundo del cine y la literatura que no se le escaparan a ningún lector, como el evidente paralelismo con Mad Max o las continuas menciones a El Principito de Antonie de Saint-Exupéry. También veremos escenas con gran carga religiosa como una alusión al bautismo de Jesucristo, las continuas referencias a la llegada del mesías o la propia Aleluya que es definida como un ángel en más de una ocasión.

Félix Vega es un portento visual, cada viñeta del comic desborda calidad y es una pequeña obra de arte. La atención al detalle de este hombre llega a extremos que rayan lo ridículo y que solo antes hemos visto en grandes autores de la talla del fallecido Taniguchi. Su trazo es limpio, preciso y especialmente cuidadoso con los personajes femeninos de la obra. Las vastas llanuras, salpicadas con los esqueletos de los antiguos barcos que una vez cruzaron los océanos, son imágenes de una potencia y belleza sin igual. Todo acentuado con un asfixiante y agobiante tono cobrizo. En las situaciones acción Félix no se corta e imprime a las escenas una ultra violencia que recuerda por momentos a la genial Akira de Katsuhiro Otomo, con grandes y detallados planos que dotan a la escena de una belleza cruel y a la vez hipnótica. La potencia de su narrativa visual queda fuera de toda duda ya en las primeras páginas del comic, en las que coloca viñetas alargadas y achatadas que ocupan todo el ancho de la pagina, como si fuera una película rodada en 70mm, para que seamos conscientes de todo el esplendor, crueldad y belleza del interminable desierto en el que la tierra se ha convertido. El relato tiene un gran ritmo aunque a veces se ve lastrado por unos diálogos que no terminan de estar a la altura del dibujo pero que sin duda pasan a un segundo plano gracias a soberbio trabajo a los lápices del chileno.

Estamos pues ante una obra que es ya un clásico del cómic chileno y que ahora podemos disfrutar en una gran y cuidada edición que leeremos vivamente de una sentada sin darnos cuenta.

Reseña: Juan Buscamares (Félix Vega)


Cuando la vida cambia drásticamente, cuando las reglas de convivencia se rompen, cuando la sociedad desaparece y la certeza de la supervivencia tiende a 0, solo hay dos sentimientos que afloran en cualquier forma de vida: la desesperación o la esperanza. El ser humano, que antes de persona es animal, no escapa a esta regla. Lamentablemente las personas son solo lo buenas que el mundo les deja ser y la inmensa mayoría ante la ausencia de orden deja que su instinto de supervivencia sea quien dirija todas sus acciones, primando la violencia antes que el raciocinio, dejándose seducir por el salvajismo, reuniéndose formando manadas, cual animales, con la única ambición de sobrevivir un día más. Al otro lado de la balanza, y lamentablemente en un porcentaje más reducido, se encuentran las personas que no pierden la esperanza, que dan un paso adelante para intentar mejorar las cosas o que simplemente quieren vivir sin molestar ni ser molestados.

Esto es lo que nos vamos a encontrar en Juan Buscamares, un planeta destruido, baldío, donde el agua de los océanos se ha evaporado y con ella toda la vida que nuestro pequeño planeta azul albergaba. La humanidad, lo que queda de ella, se encuentra dispersa por este enorme yermo. Los humanos que han sobrevivido a este holocausto se dividen entre los que se han militarizado y se centran en saquear y matar a cualquiera que se cruzan y los que solo intentan sobrevivir al cruel infierno que se les presenta con cada amanecer, agrupados en pequeñas comunas donde suele imperar el sectarismo religioso y una nueva fe en un salvador que devuelva el agua a la tierra. Y en medio de todo esta Juan, un nómada sin pasado, que apareció sin más en este eterno desierto y que lo surca montado en su estrambótico y destartalado camión mientras se dirige a ninguna parte. Solo una preocupación, solo una sencilla tarea: sobrevivir 24 horas, cumplido ese objetivo, volver a empezar. Como única compañía las alucinaciones que lo atormentan, inconexas y extrañas al principio, clarificadoras y maravillosas al final. Ajeno a lo que le tiene preparado el destino continúa con su interminable marcha.

Durante los 4 capítulos que se compone la obra, con el nombre de los elementos primordiales de la antigüedad (Agua, Aire, Tierra y Fuego), recorreremos el extenso mar de arena en que se ha convertido la tierra acompañando a Juan en su viaje. Intentando no ser presa de los distintos grupos paramilitares, capaces de todo contar de conseguir unas gotas del preciado líquido, o lidiar con fanáticos religiosos que verán en él un mesías. Su camino se cruzará con otros curiosos compañeros de viaje como Aleluya, una joven a la cual su propia familia prostituye a cambio de agua y que Juan ve como un ángel caído del cielo o al ciego Antena capaz de ver las ondas de radio y rodeado de unos mutantes que solo quieren sobrevivir para ver un nuevo día. Como veremos toda la obra está llena de multitud de referencias al mundo del cine y la literatura que no se le escaparan a ningún lector, como el evidente paralelismo con Mad Max o las continuas menciones a El Principito de Antonie de Saint-Exupéry. También veremos escenas con gran carga religiosa como una alusión al bautismo de Jesucristo, las continuas referencias a la llegada del mesías o la propia Aleluya que es definida como un ángel en más de una ocasión.

Félix Vega es un portento visual, cada viñeta del comic desborda calidad y es una pequeña obra de arte. La atención al detalle de este hombre llega a extremos que rayan lo ridículo y que solo antes hemos visto en grandes autores de la talla del fallecido Taniguchi. Su trazo es limpio, preciso y especialmente cuidadoso con los personajes femeninos de la obra. Las vastas llanuras, salpicadas con los esqueletos de los antiguos barcos que una vez cruzaron los océanos, son imágenes de una potencia y belleza sin igual. Todo acentuado con un asfixiante y agobiante tono cobrizo. En las situaciones acción Félix no se corta e imprime a las escenas una ultra violencia que recuerda por momentos a la genial Akira de Katsuhiro Otomo, con grandes y detallados planos que dotan a la escena de una belleza cruel y a la vez hipnótica. La potencia de su narrativa visual queda fuera de toda duda ya en las primeras páginas del comic, en las que coloca viñetas alargadas y achatadas que ocupan todo el ancho de la pagina, como si fuera una película rodada en 70mm, para que seamos conscientes de todo el esplendor, crueldad y belleza del interminable desierto en el que la tierra se ha convertido. El relato tiene un gran ritmo aunque a veces se ve lastrado por unos diálogos que no terminan de estar a la altura del dibujo pero que sin duda pasan a un segundo plano gracias a soberbio trabajo a los lápices del chileno.

Estamos pues ante una obra que es ya un clásico del cómic chileno y que ahora podemos disfrutar en una gran y cuidada edición que leeremos vivamente de una sentada sin darnos cuenta.

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